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Egipto, desierto y tierra prometida por Fernando Arias |
En el cumplimiento de cualquier llamado, hay tres factores que no podemos pasar por alto. Estoy convencido que estos tres elementos explican cómo opera el llamamiento de una persona dentro de los planes que Dios tiene para su vida: (1) las personas, (2) los lugares, y (3) los tiempos. Dios presta mucha atención a estos tres factores porque no hay sueño que haya nacido en el corazón de Dios que no incluya personas, ni hay planes de Dios para una vida que excluya los lugares y los tiempos adecuados para realizarlos. Pero en esta particular ocasión, quiero enfocarme más en los lugares, a los cuales también denominaré “escenarios”. Para darme a entender de una forma simple, pero con fundamento bíblico, haré énfasis en tres dimensiones o espacios estrechamente vinculados entre sí: Egipto, el desierto y la tierra prometida. EGIPTO El pueblo de Dios no conocía otra cosa más que hacer lo que se les ordenaba. Su alimentación, por ejemplo, consistía en comer lo que Egipto estaba dispuesto a permitirles comer. En pocas palabras, Egipto alimentaba al pueblo de Dios. EL DESIERTO Como era de suponerse, el pueblo de Dios, que se había acostumbrado a los regímenes egipcios, no conocía otro método de supervivencia más que ser esclavos y recibir alimento de aquél por quien trabajaban. Así, conocieron el maná, por lo que pasaron de ser alimentados por Egipto a ser alimentados por Dios. Cuando emprendes tu camino hacia una promesa o un sueño que sabes que Dios tiene preparado para ti, tu estilo de vida cambia por completo. Es en este segundo escenario, donde aprendes que el mundo no puede ofrecerte lo que sólo Dios puede darte. El maná representó esa independencia de Egipto, y a la vez una dependencia absoluta de una provisión divina. En pocas palabras, ahora era Dios quien alimentaba a su pueblo. Pero el maná no fue dado en cualquier sitio, fue dado en un lugar faltante de alimento porque de esa manera recurrirían a Dios como su única fuente de provisión. Así también es Dios contigo y conmigo, busca que en las pruebas, dependamos completa y enteramente de él. Prueba nuestra independencia de los asuntos de este mundo, y a su vez nuestra pasión por su presencia como única fuente de vida. Así como sucedió con el pueblo de Dios, tu actitud determinará tu permanencia en el desierto. LA TIERRA PROMETIDA No puedes entrar en una tierra prometida sin tu mente renovada. El desierto es la antesala de esta tierra porque en ella aprendes a ser independiente del mundo y dependiente de tu Padre, pero en la tierra aprendes a ser interdependiente, porque Dios pondrá en tu camino a las personas correctas para poner en marcha los planes para tu vida. Nadie camina en una promesa solo. Dios está dispuesto a poner en tus manos una promesa, pero debes comprender que la provisión no siempre caerá sobrenaturalmente del cielo como sucede en el desierto, sino que nacerá en la tierra y serás tú quien deberá labrarla. Confía en la obra que Dios hará en ti. Déjate conducirte por Él y conquista la tierra que ha jurado a tus padres, a ti y tu generación. Dios te bendiga en tu caminar… |